Ella es el sabor de una nube, el color del aire de la mañana. Su pelo es la noche de la montaña: oscuro, brillante, fresco, limpio... Sus ojos color madera me pierden en su bosque, dónde sólo su respiración rompe el jaleo mudo de la naturaleza. Su nariz, punto dónde paran mis labios y sus labios, tan sensibles... son un pecado. Un mordisco del cielo, gloria hecha carne y colocada por encima de su barbilla, perfecta.
Su cuello, fino, frágil, dibuja unos hombros bellos, como la forma de una nube en la noche silueteada por la Luna. Sus manos saben acariciar como nadie acaricia, ellas lo hacen suave pero firme, sin dejar escapar un centímetro... y sus rodillas, seguidas de sus muslos, hacen una combinación mortal, armonía perfecta que embelesa y provocan que sea malo, como sólo ella sabe.
No quiero dejarme ni un centímetro, es perfecta, hermosa, y hablar de lo obvio me parece simple provocación. Por ello me lo guardo para mí, celoso de que sólo lo sabré yo, expectante a contárselo al oído a ella. Por eso, otro día te diré su nombre...
Zerep Legna

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